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La Amazonía: ¿un dilema entre desarrollo y sustentabilidad?

01 de Febrero de 2024
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lancha atravesando río en la amazonía
Taciana_de_Carvalho_Coutinho
Taciana de Carvalho Coutinho

Universidade Federal do Amazonas

La Amazonía es un tesoro natural para América Latina y el mundo. La región alberga una gran biodiversidad y es un regulador climático global. Sin embargo, su desarrollo económico plantea un desafío: encontrar un equilibrio entre la conservación del ecosistema y el bienestar de las comunidades locales.

 

1. Un tesoro natural para América Latina

 

La Amazonía es a menudo descrita como el 'pulmón del planeta' en el corazón de América Latina. Este inmenso territorio se extiende a lo largo de 8 naciones soberanas (Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Guyana, Surinam y Venezuela) y la región de ultramar de la Guayana Francesa, abarcando una superficie de cerca de 8.4 millones de kilómetros cuadrados (Garzón, 2013). Es difícil calcular la población de esta región debido a la falta de información detallada; sin embargo, se estima que la Amazonía será el hogar de aproximadamente 56 millones de habitantes hacia 2025 (Schiavina, et al., 2023; Freire, et al., 2016). Si fuera un país, la región sería el sexto más extenso del mundo, ligeramente más grande que Australia y el tercero más poblado del hemisferio, solo después de Estados Unidos, Brasil y México.

 

Este inmenso ecosistema es el hogar del bosque tropical más grande del planeta, casi cuatro veces más extenso que la selva del Congo en África Central, el siguiente más grande. El río Solimões/Amazonas[1] es el segundo más largo del mundo, solo 250 kilómetros más corto que el río Nilo. Sin embargo, con un impresionante caudal de 216 mil metros cúbicos por segundo, el Solimões/Amazonas transporta más agua que los ríos Nilo, Yangtsé y Misisipí combinados, lo que representa el 17% del total de agua dulce descargada por todos los ríos del planeta (García, 2023; Gloor, 2017). El bioma amazónico es uno de los más importantes del mundo, siendo uno de los principales sumideros de dióxido de carbono y absorbiendo hasta una cuarta parte de toda la captura en tierra de este gas. Además de sus funciones ambientales, la Amazonía es un hogar para una gran diversidad de plantas y animales. Se estima que alberga aproximadamente el 10% de la biodiversidad del planeta, incluyendo especies únicas como el jaguar, la anaconda y el delfín de río rosado (Haywood, 2023; WWF, 2023a).

 

El bosque del Amazonas se formó hace 55 millones de años. El río Solimões/Amazonas es relativamente joven, con una edad de 11.3 millones de años, aunque su forma actual data de hace solo 2 millones de años. Investigaciones sugieren que un río ancestral, el proto-Amazonas nacía en las tierras altas de un supercontinente, cuando Sudamérica y África estaban unidos, fluyendo en dirección opuesta a la actual hacia el océano Pacífico (Mapes, 2009). Con la separación de los continentes, la colisión de Sudamérica con la placa del Pacífico originó la cordillera de los Andes, bloqueando la salida al océano, formando un mar interior en lo que hoy es la cuenca del Amazonas. Eventualmente, la erosión abrió un camino hacia el Atlántico a través del Escudo de Guyana, drenando este mar interior. Esta serie de cambios geológicos dieron origen al ecosistema amazónico y su rica biodiversidad (Sena Costa, et al., 2001).

 

La regulación climática de este ecosistema es parte de un delicado equilibrio que afecta a todo el continente sudamericano. Los vientos del Atlántico llevan nubes al interior del continente, que se precipitan como lluvia en el bosque. Los árboles funcionan como géiseres, extrayendo agua por sus raíces, llevando esa agua a través del tronco hacia las hojas, que a su vez liberan esa agua evaporada a la atmósfera. Todos los días, casi 20,000 millones de toneladas de agua son evaporadas por el bosque, más que el aporte diario de agua al río Amazonas. El dosel de la flora amazónica frena los vientos que llegan del océano y ayuda a mantener la humedad. En el bosque se evapora más agua que en el océano, por lo que este termina atrayendo el viento del mar tierra adentro, lo que ayuda a traer más lluvias a la región. Esto es la base de la llamada ‘teoría de la bomba biótica de humedad’. 

 

El océano verde atrae humedad del océano azul, y un flujo continuo de agua a través de los llamados ‘ríos voladores’ es conducido hacia los territorios al este de los Andes, que son estacionalmente irrigados por esta agua. La ‘bomba biótica’ extrae la humedad del océano, llevándola al interior del continente regulando el clima de todo Sudamérica. Este ciclo es el origen del agua superficial del sistema Solimões/Amazonas, así como de un río subterráneo conocido como río Hamza. El ciclo hidrográfico regula el clima de Sudamérica, desde el norte del continente en Venezuela y Brasil hasta la cuenca del Río de la Plata en Argentina (Nobre, 2023; Marengo, 2006; Pimentel & Hazma, 2011; Ferrante, et al., 2023).

 

2. Una región con una rica historia y cultura

 

América Latina fue cuna de grandes civilizaciones en Mesoamérica y en los Andes. En el imaginario latinoamericano, la Amazonía suele pensarse como una tierra virgen, libre de la influencia humana, salpicada por pequeñas comunidades aisladas. Sin embargo, la realidad es diferente. Sudamérica fue la última masa continental en ser habitada por el Hommo sapiens, hace 15,500 años, según las investigaciones más recientes (Prates, et al., 2020). No obstante, existe evidencia de que la Amazonía albergó civilizaciones capaces de sostener grandes poblaciones. Solo en 2022, fue descubierto un asentamiento prehispánico en Llano de Mojos, en la Amazonía boliviana, que consiste en un conjunto arquitectónico cívico-religioso con una extensión de entre 147 y 315 hectáreas, con estructuras piramidales de hasta 22 metros de altura (Prümers, et al., 2022). Como referencia, el conjunto maya de Chichén Itzá, en Yucatán, México, tiene una extensión de 83 hectáreas.

 

El centro arquitectónico se encuentra en el corazón del territorio de la cultura Casabere. Se estima que este asentamiento data de entre el año 600 y 1400 de nuestra era y controlaba un territorio de hasta 4,500 kilómetros cuadrados. La ausencia de registros impide tener una aproximación certera de la población de este centro; sin embargo, extrapolaciones sobre densidades de población indican que la zona pudo haber sostenido una población de hasta un millón de habitantes (De Souza, et al., 2018). Nuevamente, como referencia, esta población es comparable a la del Valle de México a la llegada de los españoles en 1519 (Smith, 1997). Se estima que en todo el bosque habitaban entre 6.8 y 8 millones de personas alrededor de esta fecha (Palace, 2017).

 

¿Cómo es que la Amazonía pudo sostener estas vastas poblaciones humanas? Los estudios más recientes sugieren que el Amazonas fue uno de los centros donde surgió de manera independiente la agricultura (Messer, 2020). Este inmenso ecosistema no solo es el lugar de origen de cultivos como la yuca, el camote, el ñame, la calabaza, la piña, la papaya, el maní, el anacardo, la guayaba y el açaí, también hay evidencias que apuntan a que el cacao, tradicionalmente asociado con Mesoamérica, tuvo su origen en esta región (Iriarte, et al., 2020).

 

La influencia de la agricultura en la Amazonía ha sido tan significativa que ha llegado a moldear la estructura misma del bosque. Por ejemplo, la probabilidad de encontrar árboles y palmas que producen frutos y nueces comestibles es cinco veces mayor que la de encontrar especies de otro tipo (Ross, 2017). Estos descubrimientos sugieren que lo que alguna vez se consideró como un bosque virgen ha sido, en realidad, moldeado por la mano humana desde tiempos ancestrales, caracterizando una agricultura familiar y sostenible, adaptada al ciclo hidrológico y a los medios de llanura aluvial y de tierra firme. La intervención ha sido tan sutil y prolongada que, hoy en día, parece ser parte de un proceso natural.

 

3. El reto del desarrollo económico

 

La riqueza natural y cultural de la Amazonía contrasta con la pobreza y marginación de sus habitantes. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que aproximadamente el 40% de los habitantes de la Amazonía viven por debajo del umbral de la pobreza. La economía amazónica se basa en modelos extractivos de baja productividad, caracterizados por la informalidad y la adopción de modelos de negocios y tecnologías que no se adaptan a la realidad de la región. Además, la violencia y las actividades ilegales limitan el potencial productivo de la región (Schor, 2023). 

 

Hay autores que sugieren que el aislamiento natural de la Amazonía puede funcionar como un escudo para ciertas industrias en algunas localidades. Los altos costos derivados de su ubicación aislada desincentivan las importaciones, de manera que los empresarios tendrían la oportunidad de satisfacer la demanda regional incrementando su oferta de productos y servicios. Por ejemplo, un estudio enfocado en el Departamento de Loreto, en la Amazonía peruana, identifica una diversidad de actividades económicas que sustentan un ecosistema económico sorprendentemente complejo, más allá de la extracción de recursos naturales. La presencia de estas actividades evidencia la existencia de capacidades productivas que podrían ser aprovechadas para emprender iniciativas de mayor valor agregado. Entre ellas, el estudio sugiere que podrían estar las industrias alimentarias y químicas, el turismo y las industrias creativas, así como la manufactura y la construcción (Hausmann, et al., 2020).

 

Sin embargo, hay que considerar que en el Departamento de Loreto, en Perú, se ubica la ciudad de Iquitos, uno de los centros urbanos más importantes de la región. La realidad es que fuera de las ciudades más grandes, las alternativas económicas son más limitadas. La economía amazónica en general está dominada por la agricultura, actividades pecuarias, la pesca, la explotación forestal y la minería (Nobre, et al., 2023). 

 

La expansión de la frontera agrícola para dar espacio a actividades agropecuarias es la mayor amenaza para la sostenibilidad del ecosistema. Se estima que, bajo un escenario inercial, en los próximos años se perderán hasta 49,000 kilómetros cuadrados de bosque tropical para dar espacio a actividades agropecuarias (WWF, 2023b). 

 

Esta área es equivalente a la superficie de la República Dominicana. Incluso actividades que no tienen un impacto directo sobre la deforestación, como la pesca, afectan la biodiversidad y el equilibrio ambiental de este frágil ecosistema. 

 

En el extremo está la minería, la cual incrementa la deforestación y contamina el medio ambiente con una afectación desproporcionada en las comunidades indígenas. Actualmente, se estima que hay más de 4,000 operaciones mineras ilegales fomentando la violencia y el crimen (WWF, 2023c). La investigación elaborada por el Centro de Estudios Socioambientales de la Amazonía (NESAM) sobre la dinámica de la delincuencia, la tipificación de conflictos y la violencia en contextos transfronterizos en el Estado de Amazonas, Brasil, representa la configuración de la violencia en los territorios de pueblos y comunidades tradicionales como el resultado de la explotación ilegal de recursos naturales en áreas protegidas (Rapozo, Silva & Coutinho, 2023).

 

El espacio amazónico presenta brechas importantes en sus capacidades institucionales, presencia del estado, capital humano y, sobre todo, en su infraestructura. La geografía define en gran medida estas brechas. El bosque tropical es una barrera natural que limita la construcción de caminos, por lo que el modo de transporte más importante de carga y pasajeros es el fluvial, a través del río Solimões/Amazonas. En la práctica, las ciudades de la Amazonía, desde Manaos, con sus dos millones de habitantes, hasta los poblados más pequeños, funcionan como economías insulares conectadas por agua, con una problemática más parecida a la de una isla en el Caribe que a las realidades a las que estamos acostumbrados en América Latina continental. El aislamiento impuesto por esta geografía tiene implicaciones importantes. Por ejemplo, es muy difícil aprovechar economías de escala, ya que cada centro de población debe invertir en su propia infraestructura.´

 

Algunos investigadores señalan la existencia de una ‘trampa de conectividad’, donde la falta de vías de comunicación con los mercados externos restringe el potencial económico de la región. En última instancia, esto reduce aún más los incentivos para mejorar la conectividad. Esta trampa sustenta la idea de que limitar la conectividad de la Amazonía con el exterior reducirá los incentivos para la deforestación. Sin embargo, la realidad es que la deforestación se ha acelerado en los últimos años pese a la falta de conectividad. Este fenómeno sugiere que el problema de la deforestación requiere más bien una solución institucional y el fortalecimiento del marco normativo (Goldstein, et al., 2023).

 

Asimismo, la geografía ejerce una fuerza tal que es difícil de imaginar para quienes nunca han estado en la región. Por ejemplo, el sedimento que arrastra el río puede cambiar el entorno dramáticamente de un año a otro, de manera que toda inversión en infraestructura física cercana a su cauce, ya sea un puerto fluvial, aeropuerto, camino o fibra óptica, está expuesta a su influencia con la posibilidad de ser dañada o volverse inservible. A pocos años de su construcción, un puerto fluvial puede encontrarse varios metros tierra adentro, debido a la formación de una nueva isla, originada por la acumulación de sedimento. Esto altera los ciclos de inversión e incrementa el perfil de riesgo de cualquier proyecto. 

 

4. Un dilema entre conservación y desarrollo

 

¿Es posible transformar la riqueza ambiental de la Amazonía en bienestar económico para sus habitantes, sin destruir el delicado equilibrio de este ecosistema? Es una pregunta relevante para cualquier geografía, que incluso podría extrapolarse a escala planetaria. Sin embargo, la fragilidad de la Amazonía y su importancia regional o global obligan a pensar si esta pregunta es un dilema sin solución o si hay algún modelo económico capaz de responderla.

 

Un primer acercamiento a esta pregunta es entender el valor real del ecosistema. El producto interno bruto (PIB) del espacio amazónico se puede estimar en USD 700 mil millones, esto es aproximadamente el 40% del valor de la economía brasileña.[2] Sin embargo, este valor debería cuestionarse en la medida en que provenga de actividades que generen deforestación, afecten la biodiversidad y devasten el equilibrio ambiental. Este es un problema inherente en la medición del PIB, que asigna un valor monetario a todas las actividades, incluso si destruyen capital natural (WHO, 2022).

 

Una medición más adecuada del ecosistema debería considerar los servicios ambientales que aporta, incluyendo la conservación de agua, suelos y secuestro de carbono. El Banco Mundial estima el valor de la Amazonía brasileña en USD 317,000 millones al considerar estas variables. Este valor es siete veces más grande que el valor de toda la explotación forestal actual (Hanusch, 2023). Solo considerando esta estimación para la zona brasileña, más su valor monetario estimado, el PIB amazónico sería de USD 1 billón, siendo una de las 20 más grandes del mundo, similar al valor de la economía de Arabia Saudita.

 

Parte de este valor puede ser capturado a través de modelos de negocios sustentables que aprovechen de mejor manera la vocación productiva de la región. La explotación de cultivos amazónicos, a través de prácticas de agricultura sostenible, que no requieran de la devastación del bosque tropical ni demanden un excesivo uso de agua y fertilizantes, es posible. Un ejemplo son los cultivos amazónicos, como el açaí, el anacardo y el camu camu, los cuales son altamente valorados en los mercados internacionales, así como la yuca, la cual tiene un alto valor nutricional y el potencial de satisfacer necesidades alimenticias de los países sudamericanos. Al ser endémicos de la región, los cultivos se desarrollan en un entorno ideal. Asimismo, una pesca sustentable, que respete periodos de veda y genere oportunidades para la recuperación de espacio, es otra alternativa. Finalmente, hay que considerar en el turismo una opción viable de desarrollo.

 

Si la Amazonía prehispánica pudo mantener poblaciones equivalentes a una quinta parte de la población actual, una economía moderna, integrada a los mercados internacionales y tecnificada, debería ser capaz de proveer un sustento de vida a los habitantes de la Amazonía del siglo XXI. 

 

En otras palabras, es posible mejorar las herramientas necesarias para que la población local dirija nuevos procesos de producción, combinando los conocimientos locales con la innovación mediante tecnologías sencillas y creativas.Este esfuerzo demandaría  inversiones estratégicas, infraestructura, como carreteras, electricidad y telecomunicaciones. 

 

Estas inversiones ayudarían a conectar a la región con el resto del mundo y a crear oportunidades económicas. Asimismo, los gobiernos tienen que apoyar el desarrollo de empresas sostenibles que operen en la Amazonía. Estas empresas pueden ayudar a generar ingresos para las comunidades locales y a proteger el medio ambiente. Finalmente, el esfuerzo debe estar acompañado por un fortalecimiento institucional y mayor presencia del Estado. Los gobiernos de los países amazónicos necesitan fortalecer sus instituciones para poder hacer cumplir las leyes ambientales y proteger los derechos de las comunidades locales.

 

Sin embargo, también es cierto que gran parte del valor de la Amazonía no puede ser monetizado a través de mecanismos de mercado. Una parte de este valor corresponde a externalidades y bienes públicos, conceptos asociados a fallos de mercado. Una falla de mercado es algo que puede corregirse con una intervención pública focalizada. Sin embargo, el alcance de los servicios ambientales que ofrece un ecosistema, como la Amazonía, convierte a este sistema en un verdadero bien público global (Mazzucato, 2023).

 

En principio, la gestión de un bien público puede llevarse a cabo desde un gobierno, pero en el caso de un bien público global no existen instituciones que tengan la capacidad de gestionar su protección, conservación o distribución de beneficios económicos. En este sentido, las externalidades y bienes públicos asociados a la Amazonía, son en realidad verdaderas fallas estructurales imposibles de corregir con intervenciones focalizadas. Por ejemplo, podría plantearse que la creación de un mercado de emisiones de carbono, junto con una correcta asignación de derechos de propiedad del bosque tropical, sería suficiente para asegurar un aprovechamiento óptimo de los servicios de secuestro de carbono. Sin embargo, al hablar de un bien público global, la realidad es que este esfuerzo excede las capacidades institucionales de los gobiernos nacionales, requiriendo de instituciones supranacionales que gestionen estos mercados y derechos de propiedad. Esto requiere una reestructuración profunda de las instituciones económicas (Mazzucato & Penna, 2016).

 

La Nueva Economía de la Amazonía (NEA), una iniciativa del World Resources Institute (WRI) en asociación con instituciones brasileñas de investigación, reconoce que el desarrollo económico y social sostenible de la región exige cambios profundos en la economía. La NEA implica la restricción de emisiones acordes con los objetivos del Acuerdo de París, así como alcanzar un objetivo de cero deforestación, combinando la optimización del uso del suelo y cambios en la matriz energética para apoyar la descarbonización de la economía. Un elemento central de la NEA es el concepto de bioeconomía, definida por la OCDE como un sistema económico que se basa en el uso sostenible de los recursos biológicos, así como en los avances tecnológicos que permiten una mayor eficiencia y rentabilidad, al tiempo que garantiza la protección y preservación de los ecosistemas naturales (OCDE, 2018).

 

El tamaño de la bioeconomía amazónica debe ajustarse a su biocapacidad, desarrollándose a partir de actividades que respeten los equilibrios ecológicos esenciales para la salud del bosque y los ríos, de los cuales depende la población. Esta bioeconomía ya existe, pero permanece parcialmente oculta en las cuentas nacionales debido a su alta informalidad y a la inadecuación de los métodos oficiales para capturar su valor. Se estima que la inversión total necesaria para financiar la transición hacia la NEA asciende a USD 525 billones hasta 2050. Esto representaría inversiones anuales equivalentes al 4.5% del PIB brasileño aproximadamente. La implementación de la NEA requiere la colaboración del sector público, ejerciendo sus funciones de asignación y distribución para orientar la economía, y del sector privado, aportando su capacidad de innovación y desempeñando un papel clave en el impulso de esta nueva economía (Nobre, 2023).

 

Finalmente, la NEA hace un llamado a priorizar una bioeconomía en territorios indígenas que tenga como protagonista a los pueblos originarios, implementando acciones que prevean el intercambio de conocimientos, apoyo técnico-financiero, valorando el conocimiento tradicional e involucrando su representación política. Los pueblos indígenas deben liderar la planificación y operacionalización de las cadenas productivas, desde la producción hasta la comercialización en función de  las necesidades de sus comunidades.

 

5. Un futuro sostenible para todos

 

El Amazonas es resultado de la historia natural y de los pueblos que lo habitan. Sin embargo, la geografía no es destino, y así como un día la región fue un mar, hoy corre el riesgo de convertirse en un desierto. La deforestación y la pérdida de biodiversidad son las amenazas más grandes que enfrentan los países de América del Sur, cuyo impacto iría mucho más allá de las fronteras de los países amazónicos. El imponente bosque tropical es el motor de un delicado ciclo natural que transporta la humedad del Atlántico hasta lo más profundo de Sudamérica, nutriendo a todo un continente. Las llanuras de Venezuela, los fértiles valles de Colombia, la sabana brasileña y la pampa argentina existen gracias al Amazonas. A nivel global, la solución a la crisis climática demanda de un Amazonas sano.

 

Sin embargo, la conservación no puede pensarse sin tener en cuenta el bienestar de los pueblos que habitan la región. Si la Amazonía fue capaz de sostener civilizaciones hace siglos manteniendo sus delicados equilibrios, no hay razón para pensar que esto no esté a nuestro alcance, con nuestra tecnología y conocimiento. Imaginar a la Amazonía como un espacio despoblado ajeno a la acción humana es un error. La conservación del ecosistema amazónico pasa por una bioeconomía sustentable capaz de proveer un medio de vida viable a sus habitantes.

 

Así como el río Solimões/Amazonas cambió su curso hace millones de años, hoy está a nuestro alcance cambiar la dirección en el desarrollo de sus pueblos. Es imperativo repensar la Amazonía por su verdadero valor, por su contribución a mantener el equilibrio ambiental a nivel global, como un componente fundamental para la prosperidad de Sudamérica y un medio de vida sustentable para sus habitantes, en particular los pueblos indígenas.

 

Una Amazonía próspera y sostenible no es solo un sueño o una meta idealista; es una necesidad imperativa y una posibilidad real. El dilema entre desarrollo y sostenibilidad de la Amazonía lo comparten todas las regiones de América Latina, desde los desiertos y selvas de México, hasta los glaciares de la Patagonia. Cada acción que tomemos, grande o pequeña, cada política implementada, cada innovación y cada alianza formada, puede ser un paso hacia un futuro donde el Amazonas continúe siendo el pulmón del mundo. La Amazonía es un patrimonio compartido de América Latina y el mundo. Su conservación es esencial para el bienestar de las generaciones presentes y futuras. Es hora de actuar para garantizar un futuro sostenible para este tesoro natural.


 

[1] En Brasil se considera que el río Amazonas nace en la confluencia del río Negro, en la ciudad de Manaos. Entre su fuente y este punto en Brasil se le conoce como río Solimões.

[2] Este valor corresponde a una estimación propia a partir de información de PIB en ráster con el conjunto de datos proporcionado por Estimación propia con base en Chen, et.al, (2022) y el Fondo Monetario Internacional.

 

Referencias
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